domingo, 17 de mayo de 2015

Tratado "Cómo Lázaro se asentó con un periodista"


Después de largos meses de continuos maltratos, ya no aguanté más. Mis fuerzas se agotaron y decidí no seguir pasando aquellas penurias. Un niño como yo no debería pasar por eso, pero, en fin, así es la vida. A partir de ese momento, decidí intentar aplicar lo mucho o lo poco que me enseñaron estos hombres de cuyos nombres no quiero acordarme, los cuales fingían ser buenos, pero de buenos tenían lo que yo tengo de rico. Pensé que ese día comenzaba una nueva vida para mí, o eso esperaba.


Eran las 5 de la mañana o, al menos, eso marcaban las puntiagudas agujas del reloj. Solo tenía cincuenta céntimos y dudaba que me pudieran servir de algo. Comencé a hacer autoestop, a ver si al fin encontraba a alguien que tuviese una pizca de bondad y me sacara de esta indeseable ciudad.
En el horizonte parecía que se aproximaba un forastero desorientado. Se acercó hacia mí y le dije:
- Saludos, buen hombre. ¿Podría ayudarle? Se le nota algo desorientado.
- Buenos días, hijo. Sí, si no te importa… te estaría muy agradecido. Verás, soy periodista y los ajetreos propios del oficio me traen algo desorientado.
- Nada; no se preocupe. ¿Hacia dónde se dirige?
- Pues me dirijo hacia Barcelona, debido al caso del que todo el mundo habla.
- ¿A Barcelona? No tengo ni idea de dónde se encuentra.
- ¿No? - dijo el periodista asombrado.
- Es que nunca fui a la escuela debido a mi situación, pero me encantaría conocer nuevos lugares...
- Bueno, pues si quieres puedes acompañarme en mi viaje y, así, a la vez que aprendes, te ganas un dinerito.
- ¿De verdad? ¡Suena estupendo! ¿Cuándo nos vamos?
- Pues ahora mismo; cuanto antes mejor.
- Estoy deseando salir.


Después de que conociera al que iba a ser mi nuevo “socio”, aunque, en realidad, fue mi amo, pero me sentía mejor pensando que era mi socio, tomamos rumbo hacia Barcelona. El camino se hizo bastante pesado, pero no por culpa de que el periodista fuera antipático ni grosero, sino todo lo contrario; éste era bastante amigable y sociable.
Cuando íbamos apróximadamente por la mitad del camino, llegando a Zaragoza, decidimos hacer una parada en una gasolinera de la ciudad. Y yo, como era un joven astuto al que le encantaba complacer a su entorno, al ver que mi amo iba a comprar un tentempié, me adelanté y le dije que fuera pagando la gasolina mientras yo compraba los tentempiés. Entonces, inventé un mecanismo, por el cual podría insertar la única y última moneda que me quedaba de pedir limosna en la ranura de dicha máquina. Dicho mecanismo consistía en un hilo dental que guardaba en mi bolsillo, liado en la moneda que tenía un pequeño agujerillo, por lo que al meterla, la podría recuperar de nuevo fácilmente tirando de éste, de tal forma que me quedara con la moneda y con los tentempiés.
Juan, mi ”socio”, me lo agradeció enormemente y me dijo un poco sorprendido:
- ¡Lázaro, ya veo que tienes algunos ahorrillos! ¡Estás hecho todo un capitalista!


Después de esto, continuamos con nuestro camino y, cuando conseguimos llegar a Barcelona, seguí con mi oficio de “pícaro”.
Cada día, el jefe de Juan le encomendaba una nueva entrevista para el periódico en el que trabajaba, con lo cual, mi “socio” quedaba citado en muchas ocasiones en bares, hoteles y otros lugares similares, los cuales resultaban ser un perfecto escenario para llevar a cabo mi “picaresca”.


En un día, conseguimos reunirnos casi con siete personas y, como mi “socio” era muy generoso, siempre tenía como costumbre pagar lo que se había consumido, a lo que se le sumaba siempre unas propinas considerables. Yo, como todas las personas, también tenía costumbres y una de ellas era la de ser el último en levantarme de la mesa, con la intención de que la propina no llegara al camarero, sino a mi bolsillo. Pero en un día tan excelente como aquel para mi economía, la avaricia me pudo y en una de las ocasiones en la que me confié demasiado, cegado por mi afán de engordar el bolsillo, Juan me descubrió cogiendo las monedas. Esto supuso el fin de nuestra “sociedad”. Juan terminó confesándome que ya se había dado cuenta en otras ocasiones de lo que hacía y que, por eso, estaba pendiente de mí.  De esta forma, me cogió con las manos en la masa.


Siendo sinceros, he de reconocer que iba todo demasiado bien para mi bolsillo: con mi hilo y mi moneda de cincuenta céntimos, conseguía todo aquello que necesitaba para no pasar hambre, y con las propinas, poco a poco obtuve una pequeñísima fortuna.
Yo entendía a Juan; era una persona correcta, honesta y educada y no quería a su lado alguien que hacía tales picardias y que, en algún momento, le pudiera ocasionar el desprestigio de su imagen pública. Así, pues, de forma educada, me invitó a que me fuera y siguiéramos caminos diferentes.

Mientras me alejaba de Juan, dando comienzo a un nuevo camino, no me sentía como en otras ocasiones, es decir, con una actitud apática, como si me diera igual. En esta ocasión iba serio y reflexionando sobre lo ocurrido, y después de mucho pensar, llegué a la siguiente conclusión; “Tienes que luchar durante los días más difíciles de tu vida para poder obtener los mejores días de tu vida”, ya que tal vez, estaba luchando contra mis propias convicciones, pasaba por una etapa en la cual, me veía obligado a hacer cosas de las que no me sentía orgulloso, era como la travesía del desierto antes de llegar al oasis.


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